Yonatan Duran Maturana
Assistent / Doktorand | SNF-Project Killing to Keep
Department of History | University of Basel
yonatan.duranmaturana@unibas.ch | website
Simplificando al máximo, los libros de horas eran libros de devoción cristiana, generalmente manuscritos, destinados principalmente a los fieles laicos. Históricamente, estos libros surgieron en el siglo XIII a partir de modelos monásticos, como el salterio (libro de los 150 salmos de la Biblia) y el breviario (libro litúrgico de las oraciones), y alcanzaron su máxima difusión entre los siglos XIV y XVI, especialmente en Francia, Inglaterra y los Países Bajos. El nombre libros de horas procede de las Horas de la Virgen: una serie de oraciones organizadas según las horas canónicas del día. Estos libros solían incluir también un calendario litúrgico, salmos penitenciales, letanías, sufragios de santos y el Oficio de Difuntos. Por su parte, la marginalia son los comentarios e imágenes situadas en los bordes del texto: animales reales o fantásticos, híbridos, pajaritos, monos, conejos, músicos, campesinos, clérigos, escenas obscenas, combates y vegetación. De la mano de los iluminadores medievales, las marginalia alcanzaron especial desarrollo en la iluminación gótica de los siglos XIII y XIV.[1]
Ahora bien: ¿qué tiene que ver todo esto con los colibríes, de los que el mundo europeo no tuvo noticia hasta el siglo XVI, concretamente a partir de 1526, gracias a la historia natural del Nuevo Mundo? Quizá mucho, quizá poco. Como veremos, la respuesta tiene que ver con el modo en que una criatura desconocida como el colibrí podía—o no— entrar al mundo europeo de ese período. La primera descripción detallada europea del colibrí que conocemos fue hecha por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés en su Sumario de la natural historia de las Indias (1526). Y digo “europea” porque el colibrí era bien conocido y representado por los pueblos indígenas de América: por ejemplo, entre los nahuas recibía el nombre de huitzitzilin; entre los mayas, ts’unu’um; y en distintas regiones andinas, q’inti o kinde. En la época en que Oviedo elaboraba su Sumario, la flora y la fauna del Nuevo Mundo no tenían equivalente en las historias naturales clásicas que conocían los europeos. Ni Aristóteles ni Plinio—de hecho, unos pocos dentro y fuera del mundo iberoamericano—conocía los aguacates, el maíz, los tomates, las piñas, los armadillos, las iguanas, los manatíes y, por supuesto, el colibrí.
A pesar de describir una cantidad notable de aves (loros, guacamayos, colibríes, flamencos, pelícanos, aves de presa y otras especies del Caribe y de Tierra Firme) desconocidas tanto para la tradición naturalista clásica como para sus contemporáneos, Oviedo no ilustró ni una sola de ellas. Por el contrario, otros animales, como la iguana o el manatí, sí fueron seleccionados para su representación visual. Esto plantea un problema importante: ¿por qué Oviedo ilustró algunos animales desconocidos, mientras que otros quedaron solo en la descripción textual?
En el caso del colibrí, sostengo que, a pesar de lo desconocido de su plumaje, formas o tamaño, este no desestabilizaba el género más amplio de “ave”, que ya estaba bien establecido dentro de la historia natural clásica. En efecto, en el sistema zoológico de Aristóteles, las aves (ornithes) constituían una de las principales categorías de animales sanguíneos (enaima). Aristóteles distinguía los grupos animales mediante una combinación de rasgos anatómicos, modos de vida, hábitats y formas de reproducción. Las aves constituían un grupo que compartía una estructura corporal común: eran bípedas, aladas, emplumadas, respiraban aire y se reproducían mediante huevos. Plinio el Viejo amplió esta tradición en su Naturalis historia, recurriendo igualmente a criterios ecológicos y morfológicos, aunque dentro de un método más enciclopédico que sistemático. [2]
Sin embargo, conviene entender aquí al género y la especie no como rangos taxonómicos fijos en el sentido moderno. En la historia natural aristotélica esas categorías designaban niveles relativos de generalidad. Es decir, “ave” podía funcionar como un género amplio en cuanto reunía animales con una estructura común, mientras que dentro de él se reconocían formas más particulares. Dicho esto, para Oviedo lo decisivo no era identificar al colibrí con una especie clásica preexistente, sino hacerlo inteligible en el nivel más general de “ave”. Por lo tanto, su novedad era específica antes que categorial. Dicho de otro modo, se trataba de una forma desconocida de un animal ya reconocible. Veamos.
Oviedo no identifica al colibrí con una especie de ave conocida, no dice que se parezca a un gorrión o a un jilguero, sino que evoca un esquema visual genérico—un pajarito pequeño, delicado, veloz. Una analogía bastará para situarlo dentro la categoría amplia de “ave” y el horizonte de sus lectores, sin pretender resolver el nivel particular. En la medida en que las categorías clásicas conservaban aún su capacidad explicativa, la novedad podía incorporarse en un nivel general. Con otros animales, como la iguana, ocurría algo distinto. La asimilación de la iguana era más inestable, como muestra el hecho de que distintos testimonios la desplazaran entre las categorías de serpiente, lagarto y cocodrilo. Esa resistencia a una identificación verbal estable pudo favorecer la necesidad de una imagen. En todo caso, el colibrí —al que Oviedo llama pájaro mosquito— es descrito, en otras cosas, estos términos:
Hay unos pajaritos tan chiquitos, que el bulto todo de unos es menor que la cabeza del dedo pulgar de la mano, y pelado es más de la mitad menor de lo que es dicho; es una avecica que, demás de su pequeñez, tiene tanta velocidad y presteza en el volar, que viéndola en el aire no se le pueden considerar las alas de otra manera que las de los escarabajos o abejones… Sin duda, por la delicadeza de sus patas y pies, se asemejaba a los pajaritos que los iluminadores [medievales] suelen representar en los márgenes [marginalia] de los libros de horas.[3]
Esta analogía es significativa porque no evoca a otra ave conocida en la naturaleza, sino a una cultura visual familiar: la marginalia. Como hemos visto, estas imágenes marginales (fig. 1) formaban parte de un repertorio significativamente compartido en el que el mundo natural se representaba a través de un conjunto de formas reconocibles, más que mediante una observación naturalista estricta. La analogía de Oviedo activa, por lo tanto, una cultura visual con la que sus lectores ya estaban familiarizados. En lugar de requerir una nueva imagen, su descripción les pedía que recuperaran una imagen mental ya existente y la adaptaran a la extraordinaria especie americana.
Figure 1. Marginalia del Libro de Horas de Isabel la Católica, s. XV (1450-1499). Fol. 12v
La analogía no identificaba al colibrí con ninguna ave europea en particular. En cambio, proporcionaba un esquema visual reconocible a través del cual se podía imaginar a un animal que, de otro modo, resultaría difícil. En este caso, las palabras desempeñaron así la función clasificatoria y visual que, de otro modo, habría tenido que cumplir una nueva ilustración.La analogía no identificaba al colibrí con ninguna ave europea en particular. En cambio, proporcionaba un esquema visual reconocible a través del cual se podía imaginar a un animal que, de otro modo, resultaría difícil. En este caso, las palabras desempeñaron así la función clasificatoria y visual que, de otro modo, habría tenido que cumplir una nueva ilustración.
Durante el siglo XVI, la iguana representaba una criatura realmente ambigua y desconcertante cuando los europeos la vieron por primera vez: “casi un símbolo de la sorprendente novedad de las especies americanas”, llega a decir Antonello Gerbi, al punto de que describe este desconcierto como la “controversia de la iguana”.[4] En este contexto, la iguana pasó de una categoría a otra: como serpiente para Cristóbal Colón y Américo Vespucio, como lagarto para Álvarez de Chanca, y como cocodrilo para Pedro Mártir. En su discusión sobre las descripciones anteriores a él, Oviedo, con su característica defensa de la autoridad epistémica del testigo ocular, condena Mártir (que nunca cruzó el Atlántico) por comparar de oído —siguiendo, por supuesto, la descripción del cocodrilo que hace Plinio— la iguana con el cocodrilo del Nilo en su De Orbe Novo Decades (Década I, Libro IX). Dice Oviedo: “El chronista Pedro Mártir di[j]o que estas yuanas son semejantes á los cocodrilos del Nilo, en lo qual él se engañó mucho, y á semejantes y notorios errores están obligados los que en estas cosas escriben por oydas; porque estas yuanas no son mayores animales de lo que tengo dicho: los quales he yo visto (innumerables) desde menores que un dedo hasta ser tan grandes como de suso se declaró”.[5]
Figure 2. Colibríes (huitzitzilin) representados por artistas nahuas. Bernardino de Sahagún, Historia General de Las Cosas de Nueva España (Biblioteca Medicea Laurenziana, MSS Med. Palat. 218–220, 1575–1577), Libro 11, Folio 24r.
El uso o no de imagen para representar los animales se aprecia mejor por contraste. Otras descripciones hispanoamericanas de la naturaleza del Nuevo Mundo sí ilustraron colibríes. Un contrapunto revelador lo ofrece la Historia general de las cosas de Nueva España (1577) de Bernardino de Sahagún —conocida como el Códice Florentino—, un manuscrito enciclopédico compilado en Nueva España durante la segunda mitad del siglo XVI, gracias a la colaboración de eruditos franciscanos, tlacuiloque (pintores y escribas) e informantes nahuas. Al igual que el Sumario de Oviedo, el Códice Florentino hace comprensibles las aves americanas desconocidas (fig. 2). Sin embargo, a diferencia de Oviedo, lo hizo mediante imágenes cuidadosamente elaboradas, acompañadas de nombres y descripciones en español y náhuatl.
La diferencia entre ambas obras no radica simplemente en que una contenga imágenes y la otra no, sino en la función que cada una les atribuye. Si lo que he sugerido es cierto, Oviedo, que reconocía el valor de la representación visual—y esto lo hace en varias partes de su obra—, recurría a ella de manera selectiva. Cuando una analogía verbal, como la del colibrí con los pajaritos de la marginalia, permitía hacer comprensible a un animal desconocido mediante un repertorio visual ya familiar, una nueva ilustración podía resultar menos necesaria. En cambio, los tlacuiloque del Códice Florentino partían de una tradición distinta, la de la pintura mesoamericana, en la que la imagen no funcionaba únicamente como complemento del texto, sino como una forma de conocimiento estrechamente articulada con la palabra. Por eso cada ave, fuera o no una novedad para los europeos, recibía su imagen, su nombre en náhuatl y su descripción. La diferencia, por tanto, no reside en que Oviedo negara valor epistémico a las imágenes, sino en que ambas obras las integraban de manera distinta en sus respectivos modos de describir y ordenar el mundo.
Finalmente, la comparación entre Oviedo y el Códice Florentino sugiere que la presencia o ausencia de ilustraciones no puede explicarse únicamente por la novedad de los animales americanos. En Oviedo, las ilustraciones se volvían necesarias cuando la analogía verbal ya no podía situar a un organismo dentro de un marco visual y clasificatorio aceptado. Como he dicho, esto se puede apreciar en el caso de animales como las iguanas y los manatíes, en los que esa misma estrategia no funcionó debido a que no podía estabilizarse la controversia. Pero esto hace parte de una historia más grande que no puede ser desarrollada aquí. Por ahora, basta observar que, con Oviedo, el colibrí pudo entrar en el horizonte europeo de su tiempo a través de una categoría amplia y todavía operativa —la de “ave”—, reforzada por la analogía con los pajaritos de las marginalia. Para la iguana, en cambio, esa puerta clasificatoria era más problemática y, por lo tanto, menos accesible.
Coda: ¿un colibrí en Europa antes de Oviedo?
Conviene precisar aquí una última cuestión. Aunque el Sumario contiene la primera descripción europea impresa, extensa e inequívocamente reconocible del colibrí, es probable que este hubiera ingresado antes en la cultura visual europea. Al menos eso sugiere cierta historiografía del arte, concretamente sobre Logias de Rafael, donde se ha identificado como “colibríes caribeños” dos pequeñas aves representadas en el Vaticano hacia 1517–1519 (fig. 3), dentro de la decoración naturalista ejecutada por el taller de Rafael y atribuida principalmente a Giovanni da Udine.[6] Hasta donde sé, no se conoce la fuente visual o material utilizada por el artista: ¿se trató de una piel, un ejemplar preservado, un objeto plumario o una imagen llegada de América a la corte de León X? Tampoco se ha localizado una descripción inequívoca anterior en los primeros textos conservados (Colón, Vespucio, Pedro Mártir de Anglería, Fernández de Enciso o Pigafetta). La pintura vaticana no desplaza, por tanto, la prioridad documental de Oviedo como autor de la primera descripción impresa.
Figure 3. Aves identificadas por la historiografía del arte como colibríes caribeños, en las Logias de Rafael del Palacio Apostólico Vaticano, c. 1517–1519. Decoración atribuida principalmente a Giovanni da Udine. https://arthistoryanimalia.com/2022/09/03/animal-art-of-the-day-for-national-hummingbird-day-europes-first-hummingbirds/
Sin embargo, si la identificación de ciertas aves de las Logias como colibríes, sostenida por parte de la historiografía del arte, es correcta, ello obliga a distinguir entre dos formas de evidencias tempranas en la incorporación del colibrí al mundo europeo: la circulación visual o material y su incorporación explícita al discurso europeo de la historia natural. Desde esta perspectiva, y puesto que Oviedo no fue el primer europeo en llegar a tierras americanas, su analogía con los pajaritos de los libros de horas no debe entenderse necesariamente como el primer encuentro europeo con el colibrí, sino como uno de los primeros intentos documentados para hacerlo inteligible.
Fuentes
Camille, Michael. Image on the Edge: The Margins of Medieval Art. Harvard University Press, 1992.
Caneva, Giulia, and Giuseppe Maria Carpaneto, eds. Raffaello e l’immagine della natura: la raffigurazione del mondo naturale nelle decorazioni delle Logge vaticane. Collana artistica della Fondazione Gruppo Credito valtellinese. Silvana, 2010.
Fernández de Oviedo, Gonzalo. Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano. Vol. 1, edited by José Amador de los Ríos. 1526; Real Academia de la Historia, 1851.
Fernández de Oviedo, Gonzalo. Sumario de la natural historia de las Indias. Toledo. Ramón de Petras, 1526.
Gerbi, Antonello. Nature in the New World: From Christopher Columbus to Gonzalo Fernández de Oviedo. Translated by Jeremy Moyle. Riccardo Ricciardi Editore, 1975. Reprint, University of Pittsburgh Press, 1986.
Hall, J. J. “The Classification of Birds, in Aristotle and Early Modern Naturalists (I).” History of Science 29, no. 2 (1991): 111–51. https://doi.org/10.1177/007327539102900201.
Lazzaro, Claudia. “Animals as Cultural Signs: Collecting Animals in Sixteenth-Century Medici Florence.” In Reframing the Renaissance: Visual Culture in Europe and Latin America, 1450–1650, 1st ed., edited by Donald Preziosi and Claire Farago. Yale University Press, 1995. https://doi.org/10.4324/9780429399671-32.
Markey, Lia. Imagining the Americas in Medici Florence. The Pennsylvania State university press, 2016.
Michael T, Ryan. “Assimilating New Worlds in the Sixteenth and Seventeenth Centuries.” Comparative Studies in Society and History 23, no. 4 (1981): 519–38.
Randall, Lilian M. C. Images in the Margins of Gothic Manuscripts. University of California Press, 1966. https://doi.org/10.2307/jj.8500990.
Reinburg, Virginia. French Books of Hours: Making an Archive of Prayer, c.1400–1600. 1st ed. Cambridge University Press, 2012. https://doi.org/10.1017/CBO9781139030496.
Sahagún, Bernardino de. Historia General de Las Cosas de Nueva España. Biblioteca Medicea Laurenziana, MSS Med. Palat. 218–220, 1575.
Stresemann, Erwin. Ornithology, from Aristotle to the Present. Edited by G. William Cottrell. Translated by Hans J. Epstein and Cathleen Epstein. Harvard University Press, 1975.
[1] Para los libros de horas, ver Virginia Reinburg, French Books of Hours: Making an Archive of Prayer, c.1400–1600, 1st ed. (Cambridge University Press, 2012), https://doi.org/10.1017/CBO9781139030496. Para las marginalias, ver Michael Camille, Image on the Edge: The Margins of Medieval Art (Harvard University Press, 1992); Lilian M. C. Randall, Images in the Margins of Gothic Manuscripts (University of California Press, 1966), https://doi.org/10.2307/jj.8500990.
[2] La historiografía acerca de la historia natural clásica es vasta; sin embargo, ver J. J. Hall, “The Classification of Birds, in Aristotle and Early Modern Naturalists (I),” History of Science 29, no. 2 (1991): 111–51, https://doi.org/10.1177/007327539102900201; Erwin Stresemann, Ornithology, from Aristotle to the Present, ed. G. William Cottrell, trans. Hans J. Epstein and Cathleen Epstein (Harvard University Press, 1975).
[3] Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la natural historia de las Indias (Toledo; Ramón de Petras, 1526), Cap. “Pajaro Mosquito”. fol. xxix.
[4] Antonello Gerbi, Nature in the New World: From Christopher Columbus to Gonzalo Fernández de Oviedo, trans. Jeremy Moyle (Riccardo Ricciardi Editore, 1975; repr., University of Pittsburgh Press, 1986), 419.
[5] Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, vol. 1, ed. José Amador de los Ríos (1526; Real Academia de la Historia, 1851), Cap. II. Libro VII, pág.397.
[6] Lia Markey suguiere, aunque con mucha cautela, que estos “colibríes caribeños” probablemente llegaron como regalos al papa desde América. Ver: Lia Markey, Imagining the Americas in Medici Florence (The Pennsylvania State university press, 2016), 14. Markey se apoya en Ryan Michael T, “Assimilating New Worlds in the Sixteenth and Seventeenth Centuries,” Comparative Studies in Society and History 23, no. 4 (1981): 519–38; Claudia Lazzaro, “Animals as Cultural Signs: Collecting Animals in Sixteenth-Century Medici Florence,” in Reframing the Renaissance: Visual Culture in Europe and Latin America, 1450–1650, 1st ed., ed. Donald Preziosi and Claire Farago (Yale University Press, 1995), https://doi.org/10.4324/9780429399671-32. Ver también: Giulia Caneva and Giuseppe Maria Carpaneto, eds., Raffaello e l’immagine della natura: la raffigurazione del mondo naturale nelle decorazioni delle Logge vaticane, Collana artistica della Fondazione Gruppo Credito valtellinese (Silvana, 2010).


